En un martes lluvioso de octubre, el aparcamiento de fuera del instituto Lincoln parecía como cualquier otro. Padres con sudaderas con capucha, vasos de café equilibrados sobre los techos de los coches, niños arrastrando mochilas el doble de grandes que ellos. Entonces el director salió con un micrófono y dijo las palabras que prenderían fuego a todo el pueblo: «A partir de la semana que viene, prohibimos los deberes». Algunos alumnos incluso vitorearon en voz alta. A un padre se le cayeron las llaves. Una madre con traje negó con la cabeza, ya llegando tarde a una reunión, y susurró: «No me lo puedo creer».
Dentro del colegio, los profesores parecían aliviados. Fuera, los grupos de WhatsApp empezaron a echar humo.
¿Era esto un avance para la salud mental, o el primer paso hacia una generación que nunca aprende a aguantar cuando las cosas se ponen difíciles?
Los colegios están cancelando los deberes - y la reacción es inmediata
En Estados Unidos, Reino Unido, Canadá y partes de Europa, cada vez más centros están probando en silencio algo antes impensable: políticas de “cero deberes”, al menos en Primaria y los primeros cursos de Secundaria. Algunos lo llaman “elección de aprendizaje en casa”; otros lo dicen sin rodeos: se acabaron las fichas, se acabaron los ejercicios de matemáticas todas las noches, se acabó el pánico del domingo por la noche. El argumento suena humano. Los niños están agotados. Los profesores, quemados. Las familias apenas se ven antes de dormir.
Sobre el papel, eliminar los deberes parece una forma limpia de proteger una salud mental frágil en un mundo que nunca se apaga.
En las cocinas y salones reales, la reacción es bastante más caótica.
Tomemos Maple Grove Elementary, a las afueras de Toronto. El año pasado, el consejo escolar aprobó un programa piloto sin deberes para 1.º a 6.º de Primaria. Al principio se vendió como una iniciativa de “bienestar”: más tiempo para leer por placer, más sueño, espacio para el deporte y el juego no estructurado. Los docentes notaron menos lágrimas al final del día, menos momentos de “mi madre hizo el proyecto a las 11 de la noche”. Disminuyeron las crisis vespertinas.
Pero al cabo de unos meses empezaron las quejas. A algunos padres les encantaban las tardes tranquilas. Otros estaban furiosos. Un padre, electricista, dijo al consejo: «Si mi hijo no puede sentarse y concentrarse 20 minutos en matemáticas, ¿cómo va a aguantar un trabajo de verdad?». Otra madre temía que su hija se viera “superada” por niños de colegios que todavía cargan con tareas.
La investigación tampoco ofrece un veredicto claro. Los estudios suelen mostrar que, en Primaria, los deberes apenas influyen en las notas, pero sí afectan claramente al estrés y a la tensión familiar. En Bachillerato, una cantidad moderada de deberes parece asociarse a mejores resultados, pero más allá de cierto punto, las ganancias se aplanan y la ansiedad se dispara. Así que los centros están atrapados.
Por un lado, los defensores de la salud mental señalan el aumento de la depresión juvenil, la falta de sueño y una cultura en la que los niños sienten que siempre van “con retraso”. Por otro, algunos padres oyen “sin deberes” y lo traducen como “sin disciplina, sin resiliencia”.
Detrás de los argumentos hay un miedo más silencioso: que si aflojamos los tornillos ahora, nuestros hijos no estarán preparados para un mundo que no va a ser tan indulgente.
Cómo pueden reaccionar las familias cuando desaparecen los deberes
Cuando un colegio prohíbe los deberes, las tardes no se convierten mágicamente en tranquilas y productivas. Simplemente se convierten en… bloques de tiempo vacíos que pueden transformarse en maratones de TikTok o en descanso real, según lo que organice cada familia. Un movimiento sencillo es mantener la idea de “tiempo de aprendizaje” sin las tareas en sí. Eso puede significar 20 minutos de lectura, un puzle, un poco de diario, o un juego corto de programación después de cenar.
No como castigo. Como una pequeña señal diaria de que el cerebro no se apaga cuando suena el timbre.
Bien hecho, se siente más como un ritual que como una obligación; más como lavarse los dientes que como empollar para un examen.
Muchos padres de repente sienten presión para convertirse en profesores sustitutos, y ahí es cuando todo se tuerce. No hace falta recrear el colegio en la mesa del comedor. No hacen falta gráficos codificados por colores, horarios plastificados y una mini pizarra. Seamos sinceros: nadie hace esto todos los días sin faltar uno.
Suele funcionar mejor algo más suave y realista. Una franja horaria aproximada -por ejemplo, de 18:30 a 19:00- en la que se apagan las pantallas y todo el mundo en casa está “haciendo algo que le hace crecer”. Un libro, un dibujo, aprender un idioma con una app, practicar un instrumento. El objetivo no es controlar cada minuto. Es mantener vivo el hábito del esfuerzo, sin transmitir a los niños el mensaje de que nunca se les permite descansar.
«Los deberes no van solo de la ficha», dice Hannah Lee, profesora de Secundaria en Seattle, cuyo distrito redujo las tareas tras una oleada de casos de ansiedad. «Van de practicar el presentarte a algo que no te apetece hacer. Si los colegios quitan eso, las familias tienen que decidir si lo sustituyen en casa y cómo».
- Crea una estructura ligera: elige una breve “ventana de concentración” cada tarde en la que todos hagan algo consciente o basado en el aprendizaje. Sin notas, sin presión.
- Habla abiertamente del esfuerzo: pregunta a tu hijo qué le resultó difícil en el colegio ese día y qué hizo al respecto, en lugar de solo “¿qué tal el día?”.
- Protege el descanso real: no cada minuto libre tiene que ser “productivo”. Descansar, jugar y aburrirse también construye resiliencia de formas más silenciosas.
- Vigila las señales silenciosas: cambios en el sueño, el apetito o el “me da igual” constante pueden indicar que el estrés sigue ahí, con deberes o sin ellos.
- Mantente curioso, no combativo: pregunta al colegio por qué cambió la política y qué esperan de los padres, en vez de asumir lo peor.
Entre el agotamiento y la dejadez, un sendero estrecho y muy humano
La verdadera historia detrás de la tendencia “sin deberes” es más grande que las fichas. Va de una generación de niños que crece en un mundo brutalmente competitivo y, a la vez, emocionalmente frágil. Los padres están en medio, intentando criar hijos que sean amables consigo mismos pero también capaces de hacer cosas difíciles y aburridas. Muchos cargan con sus propios recuerdos: el desastre de la feria de ciencias a las dos de la mañana, el bolígrafo rojo en cada página, la sensación de náusea antes de un examen de matemáticas.
Todos hemos estado ahí: ese momento en el que estabas seguro de que una mala nota significaba que tu vida entera se derrumbaba.
No es raro que algunos adultos oigan “menos deberes” y sientan alivio y pánico al mismo tiempo.
La verdad es que los deberes nunca fueron el motor completo del éxito. Algunos de los adultos más motivados y creativos admiten que apenas los hacían, o que los copiaban en el autobús. Otros aún tienen pesadillas con tareas sin entregar de hace 20 años. Quitar los deberes no creará mágicamente una generación vaga. Mantener montones tampoco construirá mágicamente la “garra”. Lo que sí puede cambiar las cosas es cómo hablamos del trabajo, el esfuerzo y el fracaso.
¿Los niños oyen “eres un vago” o “estás aprendiendo a gestionar tu energía”? ¿Ven a adultos quemándose o poniendo límites? Esos mensajes cotidianos y silenciosos quizá les moldean más que cualquier cuadernillo de ortografía.
La respuesta más honesta probablemente está en ese punto medio incómodo. Los niños necesitan espacio para respirar. También necesitan oportunidades para estirar la paciencia, persistir en algo, descubrir que el progreso lento también puede sentar bien. En algunas familias, eso ocurrirá mediante actividades estructuradas, aficiones o tareas domésticas en lugar de deberes. En otras, significará discrepar educadamente de la decisión del colegio y añadir un poco de práctica extra en casa.
Lo que está claro es que el debate sobre prohibir los deberes es, en realidad, un debate sobre qué clase de adultos esperamos que sean nuestros hijos. Trabajadores, sí. Compasivos, sí. Con suficiente confianza para descansar, y con la fortaleza para volver a empezar al día siguiente.
La pregunta que flota hoy en muchas cocinas es sencilla y cruda: ¿estamos protegiendo a nuestros hijos, o los estamos subestimando?
| Punto clave | Detalle | Valor para el lector |
|---|---|---|
| Se extienden las prohibiciones de deberes | Más colegios están reduciendo o cancelando los deberes, sobre todo en Primaria y los primeros cursos de Secundaria, como medida de salud mental. | Te ayuda a entender por qué el colegio de tu hijo podría cambiar de repente rutinas de toda la vida. |
| Los padres siguen moldeando los “hábitos de esfuerzo” | Incluso sin deberes formales, las familias pueden mantener pequeños rituales de aprendizaje en casa, con poca presión. | Te da una forma de equilibrar descanso y estructura sin convertirte en un sargento instructor. |
| Enfócate en la mentalidad, no solo en las tareas | Las conversaciones sobre esfuerzo, fracaso y descanso pueden importar más que una ficha o una política concreta. | Te apoya para criar niños capaces de trabajar duro sin quemarse ni desconectarse. |
FAQ:
- ¿Prohibir los deberes perjudicará los resultados académicos de mi hijo? En los niños más pequeños, la investigación sugiere poco impacto en las notas, siempre que sigan leyendo con regularidad y reciban práctica básica en el colegio. En los estudiantes mayores, una cantidad moderada de deberes puede ayudar en asignaturas complejas, así que una prohibición total quizá deba equilibrarse con estudio autónomo o repaso en casa.
- ¿Debería ponerle “deberes extra” yo mismo? Puedes ofrecer práctica ligera, pero convertir tu casa en una segunda aula suele salir mal. Hábitos cortos y constantes -leer, tablas de multiplicar, juegos de lógica- suelen funcionar mejor que tareas estrictas creadas por los padres.
- ¿Y si mi hijo desperdicia el tiempo extra frente a las pantallas? Poner reglas sencillas sobre la tecnología -como una hora diaria sin pantallas- puede ayudar. Acompaña ese tiempo con opciones: libros, dibujo, deporte, música o incluso simplemente hablar. El objetivo no es cero pantallas, sino un poco de equilibrio.
- ¿Cómo puedo hablar con el colegio si no estoy de acuerdo con la política de “sin deberes”? Pide una reunión, ve con preguntas en lugar de acusaciones y solicita cualquier dato u objetivos que haya detrás de la decisión. También puedes preguntar qué papel imaginan para los padres a la hora de apoyar el aprendizaje en casa con el nuevo sistema.
- ¿Menos deberes significa que los niños se volverán más vagos? La vagancia suele venir de sentirse desbordado, impotente o desconectado, no de tener menos tareas. Expectativas constantes, ánimo y oportunidades de tener éxito en pequeñas tareas construyen mucha más motivación que el volumen de deberes por sí solo.
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