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La extensa red subterránea de Suiza: ¿futuro sostenible o el mayor proyecto de ingeniería por vanidad?

Persona con casco y linterna inspecciona roca en mina subterránea. Equipos médicos y mapa sobre mesa.

En una luminosa mañana de primavera en Zúrich, los viajeros se bajan del tranvía como si no estuviera pasando nada especial. Café en una mano, móvil en la otra, cruzan calles pulcras que parecen casi una ciudad a escala. Y, sin embargo, justo bajo sus pies, máquinas del tamaño de catedrales perforan los Alpes, excavando nuevos túneles, cavernas y autopistas ocultas de hormigón y acero.

La mayoría de la gente nunca ve nada de eso.

Suiza lleva décadas convirtiendo sus montañas en algo a medio camino entre una fortaleza y un reloj suizo, y ahora está yendo todavía más bajo tierra en nombre de la sostenibilidad. Túneles de carga, cavernas energéticas, refugios de emergencia e incluso planes para “ciudades” logísticas subterráneas.

La pregunta sobre la que nadie se pone realmente de acuerdo es brutalmente simple.

¿Es esto el futuro de la vida sostenible, o el proyecto de vanidad más caro del planeta?

El segundo país secreto de Suiza bajo las montañas

Toma el tren de Zúrich a Milán y atraviesas una de las experiencias de ingeniería más extrañas del planeta sin apenas darte cuenta. Un minuto el paisaje es todo postales y vacas pastando; al siguiente, te estallan los oídos, la luz se atenúa y el tren se zambulle en el Túnel de Base del Gotardo, de 57 kilómetros, el túnel ferroviario más largo del mundo.

Das un sorbo a tu café, haces scroll en Instagram, y toda una cordillera se desliza por encima de tu cabeza.

Eso es lo inquietante del mundo subterráneo suizo: cuanto más ambicioso se vuelve, menos visible resulta en la vida cotidiana.

A pocas horas en coche, cerca del pequeño municipio de Sedrun, los residentes han visto crecer esta era subterránea en capítulos lentos y surrealistas. Primero, los búnkeres militares, excavados en silencio durante la Guerra Fría. Luego, enormes cavernas hidroeléctricas que convirtieron lagos alpinos en baterías nacionales.

Ahora oyen hablar de Cargo Sous Terrain: una propuesta de red de 500 kilómetros de túneles de mercancías bajo tierra que enlazaría ciudades suizas mediante cápsulas autónomas, como una cinta transportadora oculta bajo todo el país.

Sobre el papel, los camiones desaparecerían de las autopistas, bajarían las emisiones y las mercancías se deslizarían en silencio bajo tu jardín.

En la realidad, los vecinos ven años de tuneladoras, costes al alza y la sensación incómoda de que alguien está reescribiendo el mapa de su hogar desde abajo.

La lógica detrás de tanta excavación es seductoramente limpia. Suiza tiene valles estrechos, ciudades densas y casi cero ganas de seguir expandiéndose en superficie. Los túneles prometen lo que el país más ansía: orden, silencio y un espacio que parece aparecer de la nada.

Pones los corredores logísticos bajo tierra y liberas las calles para bicis y árboles. Metes líneas eléctricas y almacenamiento energético dentro de la roca y los proteges de tormentas y sabotajes. Construyes refugios y centros de datos en el granito alpino, estable, y obtienes una resiliencia que suena casi futurista.

Pero esa misma lógica esconde una tensión real. Cada kilómetro subterráneo cuesta una fortuna, obliga a décadas de mantenimiento y compromete a un país pequeño con un camino difícil de revertir una vez tallado en piedra.

De promesa climática a incógnita de miles de millones

Si hablas con los ingenieros detrás de Cargo Sous Terrain, te lo explicarán como una receta. Paso uno: excavar un túnel a unos 40 metros bajo la superficie, de aproximadamente 6 metros de ancho. Paso dos: instalar vías automatizadas y cápsulas eléctricas que transporten mercancías a unos 30 km/h, 24 horas al día. Paso tres: conectar centros logísticos directamente con almacenes y supermercados en la superficie.

Sin conductores, sin atascos, sin diésel.

En una pizarra, las cuentas parecen limpias: menos viajes en camión, menos emisiones, entregas más predecibles. Es el tipo de cosa que hace ronronear a los informes de sostenibilidad.

Luego llegan las preguntas que no caben en la pizarra. Los residentes se preocupan por el ruido de las obras, por posibles vibraciones del terreno, por si se verán afectadas las cimentaciones de sus casas. Las pequeñas empresas de transporte temen quedar aplastadas por un actor invisible con el que no pueden competir.

Los políticos afrontan una venta delicada: decenas de miles de millones de francos de inversión inicial para un sistema que quizá solo se amortice por completo dentro de décadas. Las elecciones funcionan en ciclos de cuatro años, no con promesas a cuarenta.

Todos hemos vivido ese momento en que una “solución” impecable choca con la realidad desordenada de las personas, los hábitos y el dinero. Bajo tierra, es más difícil fingir que puedes simplemente marcharte si algo sale mal.

En el plano climático, la promesa es real, pero más matizada que los renders brillantes. Pasar el transporte de mercancías a cápsulas eléctricas subterráneas reduce la congestión en superficie y las emisiones de escape, especialmente en corredores muy transitados. Además, crea un entorno estable donde el consumo energético puede gestionarse con cuidado y vincularse a energías renovables.

Pero los túneles en sí tienen una huella de carbono elevada. Todo ese hormigón, acero y excavación conlleva un impacto inicial enorme que solo empieza a tener sentido si el sistema opera a alta capacidad durante décadas.

Seamos sinceros: casi nadie calcula ese intercambio completo cuando pasa diapositivas de una “ciudad inteligente y sostenible”.

La verdad llana es que Suiza está apostando por la escala y la longevidad. Si estas redes terminan infrautilizadas, no serán solo elefantes blancos. Serán elefantes blancos enterrados a varios cientos de metros de profundidad.

¿Fortaleza, laboratorio o parque de juegos para ingenieros ricos?

Una forma de leer la obsesión subterránea suiza es como un instinto de supervivencia afinado hasta convertirse en arte. Es un país que pasó buena parte del siglo XX vaciando montañas discretamente para la defensa civil. En un momento dado, tenía espacio de búnker suficiente para refugiar a casi toda su población.

Esa mentalidad nunca desapareció del todo; solo cambió de lenguaje. Hoy, la misma pericia se está reutilizando para adaptación climática, independencia energética y seguridad digital.

Se ve en las centrales de bombeo reversibles subterráneas que funcionan como gigantescas baterías de agua, y en centros de datos sellados dentro de antiguos búnkeres, zumbando junto a ríos alimentados por glaciares.

Sin embargo, hay otra lectura que se escucha en voz baja en escuelas de ingeniería y en mesas de cafetería en Basilea y Lausana. Algunos se preguntan si Suiza se está convirtiendo en una especie de parque de pruebas para talento hiperespecializado: un lugar donde ensayar las tuneladoras más punteras, las ideas logísticas más audaces, los planes de resiliencia más extremos.

No porque siempre sean lo más barato o lo más replicable a escala mundial, sino porque, en un país tan rico y ordenado, se puede.

Ahí es donde empieza a insinuarse la acusación de proyecto de vanidad. ¿Cuándo un proyecto es visionario y cuándo es solo una forma carísima de demostrar que tu país todavía puede hacer algo que nadie más se atreve?

La tensión emocional está justo ahí, entre el orgullo y la inquietud. Por un lado, muchos ciudadanos suizos se sienten sinceramente orgullosos de los túneles del Gotardo, de sus cavernas hidroeléctricas, de la eficiencia silenciosa oculta tras los tópicos del chocolate y los trenes.

Por otro, crece el cansancio ante los megaproyectos que absorben dinero público y privado mientras escuelas o vivienda pública sienten presión. Un nuevo túnel logístico podría recortar emisiones en un sistema ya bastante limpio, mientras otros sectores se ven mucho más caóticos y urgentes.

«Seguimos excavando en busca del futuro perfecto», me dijo un urbanista de Zúrich, «pero a veces me pregunto si no estaremos enterrando nuestras dudas donde no podamos verlas».

  • Los gigantescos túneles de mercancías prometen ciudades más silenciosas y verdes en superficie.
  • Las cavernas hidroeléctricas y energéticas ofrecen estabilidad en un mundo sacudido por el clima.
  • Búnkeres y centros de datos convierten las montañas en pólizas de seguro a largo plazo.
  • Cada nuevo proyecto fija costes y trayectorias difíciles de desandar.
  • El verdadero debate no es técnico: trata de qué tipo de futuro quiere realmente la gente.

Un país excavando su futuro… ¿o su reflejo?

Ponte al atardecer en una ladera suiza y verás la historia que le encanta al marketing: lagos limpios, pueblos ordenados, trenes pasando puntuales. Lo que no ves son los túneles zumbando debajo, las turbinas de bombeo girando, las galerías ocultas donde ingenieros y planificadores están probando en silencio un modelo distinto de cómo vive una sociedad pequeña y rica en un planeta abarrotado.

Esa capa invisible es lo que hace tan fascinante -y tan polarizadora- la vasta red subterránea de Suiza. Es audaz, frágil, impresionante y un poco inquietante al mismo tiempo. Puedes sentir asombro y desconfianza en el mismo aliento.

Para algunos, es un vistazo a un mundo en el que las ciudades se vuelven más verdes en superficie porque lo feo se empuja a profundidades cuidadosamente gestionadas. Para otros, es una advertencia: una vía de alto coste y alta tecnología que solo unos pocos países pueden permitirse, disfrazada de sostenibilidad universal mientras, en silencio, sirve al prestigio local y a intereses industriales.

Ninguno de los dos bandos está completamente equivocado, y quizá esa sea la parte más honesta de la historia.

Las próximas décadas mostrarán si esos corredores subterráneos se convierten en líneas de vida en una Europa recalentada y propensa a tormentas, o en notas a pie de página en la larga historia de la sobreconfianza humana tallada en piedra.

Punto clave Detalle Valor para el lector
Redes subterráneas de mercancías Cargo Sous Terrain pretende trasladar el transporte de bienes a túneles automatizados Ayuda a entender cómo la logística del futuro podría cambiar la vida diaria y las calles de la ciudad
Cavernas de energía y resiliencia Centrales hidroeléctricas, instalaciones de almacenamiento y centros de datos ocultos en los Alpes Ofrece una imagen concreta de cómo los países podrían proteger energía y datos en un clima inestable
Debate visión vs. vanidad Costes altos, plazos largos y prestigio generan dudas sobre los beneficios reales Invita a cuestionar qué megaproyectos “sostenibles” sirven de verdad al bien público

Preguntas frecuentes (FAQ)

  • ¿De verdad Suiza está llena de búnkeres y túneles? Sí. Desde refugios militares y búnkeres de defensa civil hasta túneles ferroviarios y cavernas hidroeléctricas, Suiza tiene una de las infraestructuras subterráneas más densas del mundo.
  • ¿Qué es exactamente Cargo Sous Terrain? Es una red propuesta de túneles subterráneos que usaría cápsulas eléctricas automatizadas para mover mercancías entre ciudades suizas, con el objetivo de reducir el tráfico de camiones y las emisiones.
  • ¿El transporte subterráneo de mercancías realmente ayuda al clima? Puede reducir la congestión en superficie y la contaminación directa, especialmente si funciona con renovables, pero la construcción tiene un coste de carbono elevado que solo se compensa a largo plazo.
  • ¿Podrían otros países copiar el modelo subterráneo suizo? Algunas partes, como los túneles ferroviarios y las cavernas energéticas, ya se están replicando, pero el modelo completo requiere mucho capital, estabilidad política y un fuerte saber hacer técnico.
  • Entonces, ¿es genialidad sostenible o proyecto de vanidad? Probablemente ambas cosas. Los proyectos son técnicamente impresionantes y a veces realmente útiles, pero también corren el riesgo de convertirse en símbolos carísimos si se infrautilizan o se integran mal con las necesidades cotidianas reales.

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