La primera cosa que oyes es el crujido. Un trueno sordo y húmedo que retumba a través del fiordo cuando una placa de hielo se desprende y se desliza hacia el agua oscura. En el puerto de Nuuk, la capital de Groenlandia, un pequeño grupo se detiene a mirar. Un pescador masculla algo sobre las orcas que ahora merodean más cerca de la costa, persiguiendo focas que antes descansaban sobre un hielo marino grueso y fiable. Una joven con una chaqueta acolchada hace una foto para Instagram y luego pasa junto a una gasolinera cuyos precios acaban de volver a subir, alimentados por el mismo petróleo que está calentando el cielo ártico sobre su cabeza.
Todo el mundo aquí habla del deshielo. Menos gente habla del diésel que ronronea bajo sus pies.
El hielo que desaparece en Groenlandia… y los enemigos que ha elegido
En la radio local, los oyentes llaman furiosos por las orcas que destrozan las poblaciones de focas y por las emisiones “extranjeras” que derriten el casquete. Oyes siempre el mismo ritmo: groenlandeses inocentes, forasteros culpables, ballenas depredadoras, chimeneas lejanas. Es una historia que encaja emocionalmente. El hielo se adelgaza a la vista, las temporadas de caza se van corriendo, los animales cambian sus rutas. Alguien ahí fuera tiene que ser el culpable.
Los políticos también lo repiten, señalando al cambio climático y a las orcas saqueadoras como si fueran los principales arquitectos de un lento derrumbe cultural. Rara vez los micrófonos se giran hacia el depósito de diésel al borde del pueblo.
Un cazador de un pequeño asentamiento dice a los periodistas que las orcas están empujando a las focas fuera de las zonas de caza tradicionales. Se le quiebra la voz cuando describe volver a casa con el trineo vacío, con sus hijos esperando en la puerta. Los científicos han registrado historias parecidas: aumentan los avistamientos de orcas en el oeste de Groenlandia, el hielo marino se retira antes, narvales y focas se ven forzados a pasar por corredores más estrechos.
Al mismo tiempo, Groenlandia sigue funcionando con petróleo importado. Las centrales eléctricas queman fuelóleo pesado. La mayoría de las casas se calientan con combustibles fósiles transportados en barcos. Los mismos petroleros que alimentan la red se deslizan bajo glaciares que sueltan hielo hacia el mismo océano.
Aquí hay una especie de doble exposición silenciosa. En una capa, Groenlandia es el cartel mundial de las víctimas del clima: hielo derritiéndose en todos los informativos, cazadores de luto, culturas en peligro. En la otra, Groenlandia es una frontera de recursos, cortejada por su petróleo, gas, tierras raras y metales que alimentan smartphones y aerogeneradores en todo el mundo.
Cuando los líderes condenan la forma en que el cambio climático destroza las tradiciones de caza, tienen razón. Pero pasan por alto que abrir nuevas minas, ampliar puertos y mantener el combustible barato también fija el mismo calentamiento que está deshaciendo la vida antigua. Es una historia política que prefiere villanos simples a una responsabilidad compartida.
El pacto silencioso: víctima climática ante la cámara, proveedor de recursos fuera de plano
Mira cómo se desarrolla el relato cada vez que llega una delegación extranjera. Los cargos llevan a los visitantes a ver glaciares en retirada, permafrost que se desmorona, aldeanos que mueven sus casas porque el suelo ya no es estable. Hay discursos sobre justicia, pérdida y la deuda de emisiones del Norte global. Las cámaras hacen clic, y el mundo asiente.
Luego, a puerta cerrada, la conversación cambia. Rondas de licencias para exploración petrolera. Permisos mineros para tierras raras, uranio llamado de otra manera, metales para coches eléctricos y sistemas de defensa. La misma tierra que se presenta como frágil se presenta como disponible para hacer negocios.
La tensión es real para los groenlandeses de a pie. Muchas comunidades quieren empleos que no dependan solo de cuotas de pesca o de temporadas turísticas cada vez más cortas. Una mina cerca de un pueblo puede significar sueldos, nuevas escuelas, quizá por fin una carretera asfaltada. Los consejos locales discuten sobre el polvo en el aire, las balsas de estériles, los barcos fondeando cerca de zonas de caza. A la gente se le dice que tiene que elegir: pobreza con pureza, o prosperidad con concesiones.
Por eso, cuando las orcas se llevan las focas o las corrientes cálidas se comen el hielo, es emocionalmente más fácil hablar de esos enemigos que mirar de frente a los generadores diésel que alimentan las mismas reuniones donde se toman estas decisiones.
Seamos sinceros: nadie se lee cada día la letra pequeña de un documento de licencias petroleras. Vemos las facturas a corto plazo y los miedos a largo plazo, y agarramos lo que parece más cercano a la supervivencia. En un asentamiento pequeño, eso puede ser un trabajo como conductor para una minera, transportando mineral desde una ladera que antes era una ruta de renos. En Nuuk, puede ser un ascenso en un ministerio encargado a la vez de la “sostenibilidad” y del “desarrollo de recursos”.
Culpar a los contaminadores lejanos encaja perfectamente con esto. Si los principales villanos viven fuera, la dependencia local del petróleo se convierte en una necesidad desafortunada, no en una elección. Esa historia consuela, pero esquiva el trabajo más duro: preguntarse qué tipo de economía puede vivir con menos perforación, menos minas, y aun así ofrecer a la gente algo más que imágenes poéticas de hielo derrumbándose en el mar.
Cómo Groenlandia podría romper su propio bucle fósil
Hay un gesto sencillo con el que los líderes de Groenlandia podrían empezar: tratar públicamente el uso doméstico de combustibles fósiles con la misma urgencia con la que señalan las emisiones globales. Eso significa nombrar la dependencia del petróleo en los discursos, no solo la condición de víctima climática. Significa poner cifras duras sobre la mesa: cuántas plantas diésel, cuántas toneladas de combustible importado, cuántas coronas subvencionándolo todo.
A partir de ahí, surge un método concreto. Apuntar a una isla, un pueblo, un fiordo cada vez para una transformación energética profunda. Sustituir un generador diésel por eólica e hidráulica, no como un piloto vistoso, sino como un apagado total. Convertir esos lugares en la prueba de que Groenlandia puede funcionar con algo distinto a los mismos combustibles que derriten el hielo marino que ahora lamentan los pescadores.
La tentación es ir directamente a grandes acuerdos globales: tierras raras para la transición verde, alianzas con superpotencias, inversiones llamativas. Eso se salta un paso vital. Sin un cambio energético doméstico, cada nueva mina o plan petrolero aprieta el bucle fósil en casa, incluso cuando el producto se etiqueta como “para tecnología limpia”.
La gente está cansada de que le digan que sacrifique la tradición en el altar del crecimiento. Quiere opciones en las que los barcos, las plantas de procesado y los nuevos negocios funcionen con energía más limpia, no con los mismos petroleros llegando cada temporada. El error es actuar como si la justicia climática para Groenlandia significara solo dinero del exterior, y no transformación interna. Un acuerdo justo exigiría ambas cosas.
El sociólogo groenlandés Minik Rosing dijo una vez en una entrevista: “No podemos vivir en un museo de hielo para el mundo. Tampoco podemos vivir vendiendo el suelo bajo nuestros propios pies. Entre esos dos extremos hay un camino que tenemos que trazar nosotros mismos”.
- Cambiar el relato público de ser solo “víctimas de las emisiones” a ser “actores en nuestras propias decisiones energéticas”.
- Invertir primero en renovables locales para calor y electricidad antes de ampliar nuevas extracciones.
- Vincular cualquier proyecto minero o petrolero a recortes vinculantes del uso doméstico de combustibles fósiles.
- Dar a cazadores, pescadores y pueblos pequeños voz directa en las licencias de recursos, no solo audiencias simbólicas.
- Financiar educación y formación para que los jóvenes groenlandeses puedan diseñar, operar y poseer los nuevos sistemas energéticos.
Qué ocurre cuando el espejo de hielo se vuelve hacia la propia Groenlandia
Hay un tipo particular de silencio que se siente sobre el casquete. Un silencio suave, acolchado, roto solo por el viento y por el crujido distante del agua de deshielo colándose en las grietas. De pie allí, puedes entender por qué Groenlandia se convirtió en la metáfora climática favorita del mundo. Es inmensa, blanca, cinematográfica. Permite a otros países señalar y decir: “Mirad lo que han hecho nuestras emisiones”.
Ese foco tiene poder. Puede traer fondos de investigación, palanca política, simpatía. Pero también deforma. Convierte a una sociedad viva -que discute y negocia- en una imagen simple de víctima, congelada en el tiempo como una postal de un cazador en un trineo de perros.
Hoy Groenlandia depende en gran medida del petróleo. Acoge minería y prospecciones que corren el riesgo de consolidar más calentamiento. Y, al mismo tiempo, llora la pérdida de antiguos terrenos de caza y observa cómo las orcas y el agua de deshielo redibujan ecosistemas enteros en una sola generación. Todas estas verdades conviven, torpemente, en los mismos salones pequeños y despachos del gobierno.
Cuando el debate groenlandés se centra solo en las orcas y el deshielo, elude el hecho incómodo de que el país no solo sufre la era fósil, sino que participa en ella. Cuando el mundo exterior comparte únicamente vídeos trágicos de glaciares, se quita de encima la responsabilidad de preguntar a Groenlandia qué tipo de colaboración quiere realmente, más allá de cheques y compasión.
Todos hemos estado ahí: ese momento en el que culpar a otro parece la forma más fácil de sobrevivir al día. Para Groenlandia, lo que está en juego en esa evitación está escrito en el hielo: niños que ya no aprenden a cazar, puertos que permanecen sin hielo más tiempo mientras las bombas de diésel siguen zumbando. La verdad llana es que nadie -ni Groenlandia ni sus vecinos poderosos- puede seguir siendo inocente mientras siga sacando beneficios del petróleo y los minerales.
La historia real que merece clics, compartidos y discusiones no es solo que el hielo se esté derritiendo. Es si una pequeña nación ártica puede reescribir su papel de víctima y cantera de recursos para convertirse en algo más enrevesado, más valiente y más consciente de sí misma, incluso mientras las orcas siguen rondando y los glaciares siguen resquebrajándose.
| Punto clave | Detalle | Valor para el lector |
|---|---|---|
| El doble papel de Groenlandia | A la vez víctima en primera línea del cambio climático y actor activo en petróleo y minería | Te ayuda a ver más allá de relatos climáticos simples de “buenos vs. malos” |
| Culpa y distracción | El foco en las orcas y en las emisiones extranjeras puede ocultar la dependencia doméstica de combustibles fósiles | Te invita a cuestionar relatos políticos que resultan emocionalmente cómodos |
| Vías de avance | Transiciones renovables locales, vínculos más estrictos entre extracción y energía limpia | Ofrece ideas concretas de cómo podría ser una justicia climática real en el Ártico |
Preguntas frecuentes (FAQ)
- Pregunta 1 ¿Son realmente las orcas una amenaza seria para la caza tradicional de Groenlandia?
- Pregunta 2 ¿Hasta qué punto depende Groenlandia del petróleo en la vida cotidiana?
- Pregunta 3 ¿Por qué la minería resulta tan atractiva para los líderes de Groenlandia?
- Pregunta 4 ¿Contribuye Groenlandia mucho a las emisiones globales?
- Pregunta 5 ¿Cómo sería en la práctica un acuerdo climático justo para Groenlandia?
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